24 Junio de 2013

Opinión: El ciclo de la desigualdad

Opinión. El Ciclo de la desigualdad

Por Alejandra Sepúlveda

Directora Ejecutiva de ComunidadMujer

El Índice de Competitividad Global 2012-2013 del World Economic Forum ubica a Chile en el lugar 33 de los 144 países evaluados. Sin embargo, se desploma a 110 cuando mide igualdad entre hombres y mujeres.

Ellas enfrentan mayores barreras y peores resultados tanto en materia de participación económica y previsional como política. Aparecen rezagadas frente a sus pares de la OCDE y también de la región, y están sub-representadas en los altos cargos de toma de decisión: 22% en los sindicatos, 6% en los gremios, 3% en las grandes empresas, 13,9% en el Congreso. Además, ellas viven más y presentan lagunas previsionales más largas.

Nada de esto es casualidad. La desigualdad parte en etapas tempranas y acompaña particularmente a la mujer a lo largo de su vida. Niñas y niños reciben distintos estímulos y están expuestos a diferentes estereotipos de género, como la predominancia de imágenes femeninas en tareas domésticas y masculinas en el trabajo remunerado. La promoción de éstos, aunque sea inconsciente, al interior del hogar, en el sistema educativo y en los medios de comunicación, debe evitarse.

Por cierto, ya en el sistema escolar, el resultado académico de niños y niñas es diferente. La brecha entre los resultados de las pruebas PISA de matemática y ciencias de las y los jóvenes de 15 años (a favor de ellos) es más amplia que en el promedio de la OCDE. El desempeño por sexo en la PSU muestra una realidad similar, lo que nos señala otro de los pendientes de la educación chilena.

En otro ámbito sabemos que la tasa de fecundidad adolescente en Chile (en torno a 60 nacimientos por cada 1000 adolescentes) es sustancialmente mayor que la de la OCDE (menos de 20). Estas niñas, en un alto porcentaje, abandonan sus estudios sin terminar la enseñanza media, enfrentando lógicamente peores perspectivas laborales. Se trata de un fenómeno reproductor de pobreza, dado que las madres adolescentes se concentran en el 60% de los hogares con menores ingresos del país.

Luego, al alcanzar su adultez, las chilenas acceden a oportunidades económicas limitadas respecto de los hombres. Para una proporción significativa, obtener un trabajo remunerado es una carrera de obstáculos. Así es, la tasa de actividad de ellas se sitúa en 47%, al tiempo que su informalidad es de un 36%. Este último fenónemo está en buena parte determinado por la alta presencia de mujeres que se declara autoempleada.

Por otra parte, el mercado laboral está fuertemente segmentado tanto vertical (falta de acceso a cargos de mayor responsabilidad) como horizontalmente (empleo en áreas feminizadas, como el comercio, servicios, y empleo doméstico). Esto se constituye como uno de los grandes determinantes de que las mujeres ganen en promedio 35% menos que los hombres, un tema que tiene un efecto directo en las oportunidades de las familias chilenas y que concentra también la atención de los organismos internacionales que advierten el mal desempeño de Chile en este ámbito.

Otro de los determinantes de la brecha salarial y de las desventajas que enfrentan las mujeres en el mundo laboral deriva del costo que el Sistema de Protección de la Maternidad les impone exclusivamente a ellas. También la mayor carga de trabajo doméstico y de cuidado, no sólo de hijos sino también de adultos dependientes. No parece lógico, que en pleno siglo XXI sigamos perpetuando una división de roles y responsabilidades, a todas luces extemporánea.

Las chilenas, en suma, llegan con peores perspectivas que sus pares hombres a la vejez porque en su trayectoria laboral tienen mayores lagunas, se han mantenido más tiempo en la informalidad y con menores salarios. Una mujer con 10 años de lagunas, que comenzó a trabajar a los 24 años y cuyos ingresos aumentaron en términos reales 1,7% anual, estaría retirándose a los 60 años con una tasa de reemplazo inferior a 30%.

Esta realidad, en conjunto con la mayor esperanza de vida, impone grandes desafíos.

La reforma previsional abordó estos temas con el “bono por hijo” y con el pilar solidario, que fijó incentivos para un retiro a los 65 años. Aún así, precariedad previsional y laboral son indisolubles a la hora de analizar este problema; y más aún cuando las perspectivas que ellas enfrentan a la hora de decidir continuar trabajando después de los 60 años no son nada auspiciosas.

Este año electoral plantea la oportunidad de analizar y hacerse cargo de esta realidad, que no es ajena al debate sobre la desigualdad en el que estamos inmersos. Entender cómo hombres y mujeres se insertan de diferente manera en el mundo público y privado, para igualar sus oportunidades, es central.

Por esta razón preocupa la ausencia de una mirada de género que atraviese transversalmente el diseño y la implementación de las reformas laborales que hoy se discuten.

En la base de todo lo anterior está el que como sociedad logremos generar los cambios culturales que permitan que los hombres también puedan ejercer como propios derechos vinculados a las responsabilidades familiares. Y el paso, probablemente más crítico, sea sustituir el actual artículo 203 del Código del Trabajo, la llamada ley de sala cuna, por un sistema integral de cuidado y educación temprana, garantizado y de calidad para todos los hijos de trabajadores y trabajadoras.

Columna publicada en las páginas editoriales de La Tercera, el domingo 23 de junio de 2013

Fuente: Alejandra Sepúlveda, Comunidad Mujer